La vista -que es limitada- llega

Yo no debía esta20140521-012007-4807499.jpgr aquí. Lo sabes. Era tu turno. Pero no moviste un dedo. Hecatombe emocional y tú, ahí, tranquilo como el más tranquilo en la calle oscura, mirando cómo amagaban a la muchacha. Quizá pensaste en intervenir pero no lo hiciste, como ahora. Quisiste salvarla, corriste la película en tu mente, como un héroe de western pero no, no te moviste. La heroicidad implica movimiento. El valor implica movimiento.

Supongo que hiciste bien. Te dije que yo aprendí mi lección. No me crees pero es así. no llegué a ninguna parte pese a que moví. Salí corriendo. Pero no era valor lo mío. Lo mío era aprender a hacerlo. Un aprendizaje inútil, pero eso no lo sabía entonces. Tuvieron que pasar otras cosas para que yo, ahora, en presente, pueda saber que lo que aprendí no era aprendizaje, era una práctica de campo, como esas ecuaciones de matemáticas que jamás necesitarás en la vida real.

Perdóname que usurpé tu lugar. No debí hacerlo. Me advertiste sobre los riesgos de la impaciencia, y me desboco, como animal sin rienda. Caballo vigoroso pero estúpido. El vigor y la energía cansan antes de que imaginemos qué significa el cansancio. Tú, en el fondo, en la superficie, en los lomos del cuerpo que te mueve, eres una estatua cumpliendo un destino. Agua sobre la piedra. Tú eres la piedra y el agua. Sin cambiar de sitio. Ganas algo que los demás apenas sospechamos. Y sé exactamente qué buscas.

No hablas. No te mueves. Parece que no quieres significar. En tu falsa humildad y en el disfraz de lo tímido se oculta algo peligroso. Tienes un secreto. Por eso el misterio, el silencio, la no-intervención, la no-vista, la no-participación. En todos los No lograste hallar un sí que sólo tú sabes. Una caja dorada, pequeña, con algo dentro. Algo de infantil hay. Algo de perseguir y ocultar lo que has hallado.

La literatura no es el secreto. Ni los libros comprendidos a medias. Lo que hallaste es algo más. Algo que necesitas tener cerca y sólo para ti. Para tus ojos, para tu tacto, para tu comprensión. Algo, que, como tú, no se mueve. Siempre ha estado ahí. Algo que pertenece al mundo de lo natural. Y eso no es literario. La literatura es artificio y técnica. Lo natural pertenece al mundo oscuro de lo mágico, lo instántaneo y lo inmanente.

Por eso, que no te muevas, es lo más consecuente posible a ese secreto y al silencio que guardas. Vas cada día al mismo sitio a hacer el mismo trabajo mecánico, amas a una sola mujer, a un par de amigos y a tus padres. La rutina es un poema críptico,  pero lleva un remanso de horarios y de disciplina. Celas los espacios para divertirte, y tratas, en la medida de lo posible, de no pensar. El futuro, ese valle de búfalos, no te alcanzará si estás en el mismo presente, en el mismo sentimiento, en la misma idea y en la misma palabra. ¿qué son los sabores de las cosas ante ello? nunca he estado en tu sitio, lo sabes. Nos corresponden espacios distintos en la jaula, boca del oso, como quieras llamarle. Pero sí sé que nadie gana. Este juego era un suéter al revés. La tela del tejido se deshila pero aquí estamos aún, siendo fieles a lo que no tiene nombre ni color ni olor, a lo que yo sospecho pero sé que tú sabes cuál es, en efecto, eso que lo constituye.

 

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todo desaparece con nombrarlo

20140521-011910-4750619.jpgBúfalos en el valle. Piensa en eso. Dispuestos a la estampida o al picnic inofensivo: la hierba enfrente, las puestas de sol, los territorios marcados. Nadie pisa mi espacio. Instinto de estar, ocupamos ese lugar. Y nuestra muerte será un espacio ocupado por alguien más. En efecto, rumiamos vocaciones. Decimos, decimos y la boca es un instrumento que corta. Hacemos cortes profundos en los demás con decir No, No ahora, Sal de aquí, Intenta otra cosa, Fracaso, Insomnio, Demasiado alcohol, No te tires de la ventana, Cambia la canción por favor, No te rompas las venas si estás acompañado, No entres en mí si luego no sabes encontrar la salida, Te vi caminar y eras tú, toda tú pero no me acerqué, para qué, Quise llamarte pero no pude, Pasaron diez años y sigues igual, das demasiadas vueltas al azúcar en el café, qué buscas ahí, en qué piensas, cómo está todo, por qué no eres visible, fácil, como las demás personas.

Un cuerpo desnudo en la cama, Piensas Es mío. Pero no, ese cuerpo no te pertenece. La piel es lisa, suave, como si alguien hubiera tomado el tiempo para hacerla perfecta, se eriza si la tocas; Un cuerpo que duerme. No hay mayor inocencia, sin embargo, No. Esta vida se nos va, piensa en eso. Vivir es no saber apreciar que estamos vivos porque ni siquiera sabemos qué significa eso: Tocar la piel otra, cercana y lejos al mismo tiempo. Quise entrar en ese cuerpo pero no pude. Las puertas no cedían. Vivir qué es. Caminar a tientas en una casa extraña para encontrar el baño en la noche. Vivir es dormir con extraños y acariciarlos si tienen malos sueños. No volverá a pasar, su madre lejos y Yo, Yo, aquí, sin poder hacer nada salvo tocar. Y hablar. Esas armas dulces que van de una boca a otra. No volverás a ver a nadie. Vivir es atravesar la casa en penumbras como una memoria otra, lejana, como de infancia donde construyes imágenes a fuerza de repetición y cansancio. Llamo a la madre, al hermano, Cómo era tal cosa, Qué paso con, Recuerdas que. Entre los tres armamos una novela, con pedazos incompletos: los muertos se llevaron algo valioso, no podemos armas algunas escenas. Familia es crecer con desconocidos y luego aprender a vivir sin ellos pensando Qué une, Qué separa, Qué grietas invisibles acompañan esto. Escena: mi tía me lleva del brazo, estamos en el Mercado, me compra lo que pido, no escatima. Yo crezco pensando que así sería siempre: Pido y me darán. Deseo y me darán. Extiendo los brazos porque hay quien reciba. Pero no. No fue así. Crecer es darse cuenta de que no hay convocatorias del instinto, del deseo, de la sed, del hambre. Uno se arregla como puede. ¿Tiene usted vergüenza de no haber pasado hambre? ¿De no saber qué es dormir fuera de una cama? ¿Usted cree que las personas que lo rodean serán su tía y le darán las golosinas que quiera, hasta que su estómago reviente de dicha y de comprensión? Crezca, sea mejor, aprenda a perder, anímese en la derrota porque falta mucho, un par de kilómetros bajo un sol aplastante y blanco. No piense en el cuerpo de ese muchacho, ni en la infancia complaciente, No se haga usted daño. Ponga la mente en blanco, rumie algo sobre el porvenir, Todo estará bien pues somos búfalos y resistimos y somos obesos porque sólo así resistimos los embates. Comemos más de lo necesario pues habrá días sin alimento. Futuro es una palabra sola, desprovista de adornos. Es dura como hueso de animal o de fruto. Futuro es un valle, largo valle, con pastos hasta donde la vista —que es limitada— llega.

LO ÚNICO QUE NOS QUEDA

imageSencilla, la escena que me define: un hombre en una esquina, al pie del andén de una estación del metro, o sobre la acera de una calle cualquiera, indeciso, guiado por el instinto rapaz de vagar sin rumbo, llevado a mano por la estrategia manifiesta de recorrer pasajes comerciales sin motivo, por la pulsión de hallar un parque, un portal, una benévola biblioteca donde leer textos absurdos y observar el panorama. Oscuros misterios de una situación recurrente. Un hombre desorientado en el cruce vial de horas idénticas. Opiniones sobre todo y conclusiones sobre nada. Solitario, asocial, disociado, escindido, haciendo tiempo para lo que ya fue y no será. De ningún lado a ninguna parte (diría el vate de nuevo). Sin dinero y sin producirlo. Punto muerto, peso muerto, punto ciego. Distraído, absorto, idiota, rumiando nimiedades entre una multitud de otros idiotas —”siempre hay un idiota”, piensa el hombre a cada instante, una ideología infalible (e idiota), o casi—. Arrobado, ensimismado, patético. Así conoció su ciudad y así habría de conocer cualquiera. Rumiante de todas las vocaciones sin saberlo. La música pero no, el arte pero no, la escritura pero… Hombre sin decisiones, náufrago de todos los discursos. Frases hechas, frases por hacer, siempre las mismas. Enunciar o denunciar, la misma porquería. Desidia, desdén, apatía, palabras mágicas: amasijo en el corazón del pobre sujeto que todo desaparece con nombrarlo. 

Su canto

20140521-012007-4807499.jpgLa máquina de pensar no me dejó dormir. Desperté tres veces en la noche a tomar agua y me dediqué, rendida, a mirar la calle por la ventana. ¿Escribir es una broma? No me parece así, porque lo digo y no me río. Escribir entonces, cuando todos escriben bien, en un mundo donde leer y escribir es tan fácil, ¿como para qué? No sirve, te digo yo que me gusta saber que las cosas sirven. Quizá no te gustó que te imaginara como un ser de deseo y me regresas ahora al mundo de la cabeza y de las palabras. Yo quería salir de ahí. Es oscuro. No me atrae. Es esta calle. Mira, hay un lugar ahí que hacen puertas de vidrio, ventanas; enfrente una veterinaria. En la esquina había un local de pollos rostizados pero hace ya rato que está cerrado, con las cortinas metálicas abajo. En el día la calle es medianamente importante porque es atajo para conocedores hacia una avenida grande. Ahorran tiempo y tú sabes lo que es buscar los 5 minutos del día, los 20 minutos del día sin tráfico. Son las 7 am, vi amanecer sin que me parezca milagroso ni poético: cambio de luces graduales: negro/azul negro/azul más claro/azul de mañana y la calle recibirá los gritos de la señora de la basura que a 6 pisos del suelo taladran los oídos. Ella despierta a los 4 edificios de departamentos de esa pequeña calle. Entre las 10 pm y esta hora de la mañana no pasa un alma, ni un auto. Ya están en casa los que viven ahí, y no vendrán los automovilistas del atajo, ése es para horas de día. La escritura es esta calle: los atajos para quien sabe y la soledad para quien ya duerme. El silencio inocente que un grito de mujer arranca del sueño. Escucho arrastrar su carro, todo él es ruido, un bamboleo infeliz, sin música. El sol está ahora en los pisos superiores, irá bajando en breve hasta acomodarse por todas partes.
Dices bien lo de la farsa. ¿Pero no crees que es necesaria? Muestra lo que sabemos: los farolitos que iluminan poco pero son tantos que uno sigue ese camino creyendo que lleva a alguna parte. Dimos lo mejor y lo peor también. Porque no sólo de pan estamos hechos. No caemos sin llevarnos golpes y cojear por semanas. No estamos hechos de aire ni de metal ni de lo etéreo. Acaso no comemos a la misma hora cada día, juntos para no olvidar los rostros ni las voces. Acaso por muy mal que nos vaya no comemos a la misma hora cada día. Hemos hablado con la boca llena. Con el estómago repleto, y la boca con cerveza hacemos conclusiones: el mundo así, la vida así, esto, aquello. Sin fin. Acaso no comemos siempre, ya sin hambre, porque hay que alimentarse. Hay que imaginar que estaremos aquí, vestidos igual, comiendo lo mismo, perpetuando la idea de nosotros en ese café, al aire libre, viendo el mismo paisaje. No obstante, señalo que ser artista es muy ambicioso. Podrían salir de la boca las monedas de oro o los sapos en torrente. La misma boca que toma la cerveza. ¿Y quién dirá que los sapos no son monedas de oro o viceversa? Tú y yo somos la escenografía del mismo bar que cambia los meseros pero seguimos intactos, hasta que, claro, un buen día no veamos los cambios de luz de noche a día que no son milagro ni poesía y sí un paso del tiempo donde no estaremos ni beberemos más ni comeremos a esa misma hora ni tendremos esa ropa ni tú el cabello largo en coleta ni nada. Nadie nos recordará siquiera. Nuestras palabras serán inaudibles, sin bromas. Desvanecidos sin tristeza. Hicimos lo posible y el canto de esa generación que se dio demasiado pronto es lo único que nos queda.

EL LENGUAJE DEL SILENCIO

imageBuscamos un motivo literario, el fracaso empírico, la vida a salto de mata, el placer insatisfecho como método infalible. Ganas de todo y energías para nada. Un deseo absurdo: forjarnos una vida singular, una biografía misteriosa, cúmulo de privaciones, intersticios, recovecos, episodios de peligro auténtico con tal de salvar la prueba de la verosimilitud literaria. Genuino escritor es el que vive, nos han dicho —o hemos oído o creemos que han dicho que hemos oído—. Cómo escribir el sexo si se desconoce. Cómo escribir la humanidad más entrañable si nunca se ha padecido la pobreza, el hambre, el frío que cala, la humillación más abyecta, la felicidad sin parangón, el odio más fino. Más allá: ¿sobre qué escribir?, ¿a quién habrá de interesar?, ¿a la masa sin espíritu, al Estado protector que premia y certifica, a quien fuimos veinte años atrás? Hay un método, dijeron. Conocer las ciudades, en las ciudades las plazas, los grandes museos a reventar de obras inmortales, las galerías dignas, los puentes (los famosos y los derruidos), los pretiles de la historia —las bocacalles por donde avanzaron los ejércitos, los palacios tomados, los templos donde amontonaron los cadáveres, los muros del fusilamiento y las marcas de lo viejo—, los inmensos almacenes y sus precios sin par, su sensualidad frívola y estimulante, las avenidas del paseo, la belleza arcaica de las calles, las esquinas de fama, los cafés, la comida a toda hora, el clima con sus desvaríos. Porque hay un método, dijeron —creo que dijeron—. En las ciudades, conocer el tropel, la multitud y sus absurdos, su charla inabarcable en la que corre el tiempo y sus figuras como un eco sin origen. Conocer tanto a sus imbéciles como a sus lumbreras, las leyes y las injusticias, sus líos, sus olores, su peste, su política miserable, la honesta, la digna de imitarse, su amistad y su odio, las formas de sus mujeres, los pezones de todo color y los escotes, el largo de sus faldas, el tremor de su carne, su disposición apática, vergas de todos sabores, bestias, nubes, insectos, sus aves migratorias, su guerra secreta, sus crímenes, su sangre, sus cabezas rodantes, su mugre, su deshecho subterráneo, sus poetas y sus próceres, sus idiotas, a su abuelo y a la puta que los parió. Escribir, dijeron. Pero vivir y luego escribir. ¿Vivir y padecer?: mejor aún. Escritor seguro. Y más que escritor, artista. Hoy, todo proyecto literario es una comedia mal o bien montada, una linda pose digna de retrato, el disfraz a modo de los pobrecitos sensibles. Entre una joven promesa y una vieja decepción debería caber un mundo. Sin embargo, yo, tú, como Gustav von Aschenbach, pertenecemos a una generación que entregó muy pronto lo mejor de sí y ahora se revienta en el aire como feliz fuego de artificio. Queda con nosotros el ademán, el gesto hueco, el humo insulso de su canto.

un motivo imperecedero

imageEsos muchachos querían decir algo. No diré qué porque no lo sé. Es decir, sospecho pero no aseguro nada. Respecto al tener, no opino, mejor desear que tener, pues de deseo se hace mucho más, el cuerpo vive más tiempo, la mente se pone alerta. Al tener el cuerpo se rinde, se entrega. Y, sabemos, nadie quiere nada con entreguistas. Son demasiado fáciles. No es motivo sino un deseo que no muere el que nos lleva a alguna parte. Mira, o los libros que dices, esos que contienen el mundo y hablan todos los temas y muestran al hombre su humanidad entera, así, entera, completa, amplia, grande, inmensa, o los ojos que se abren a la mitad del sueño porque comprendiste algo, recordaste algo, o trajiste una cosa de esa oscuridad desconocida en la cama; o el deseo. Sin plural. No caprichos del cuerpo, no el amor que no se logra, hablo del deseo de una persona por otra. Imagina que llegas a una casa, hay gente ahí. Algo te tira de la manga, es un hilo que no ves, te lleva a alguien. Se miran. Pero ella o tú están comprometidos. No pasa de sentir ese tirón del hilo. Haces tu vida. Todo en orden. Días, mañanas, una que otra tarde, con lluvia, sol, o de cielo gris, sentirás que algo te detiene donde estás y pensarás mucho tiempo en ese hilo y en esa mujer. A la que no volviste a ver. El deseo de nuevo. Existe, no es literario. Es. Tu cuerpo reacciona. Sudas en la cama, durmiendo con tu esposa. Estás tranquilo porque ella es el talismán que te detiene. No buscarás a la desconocida. En otra ocasión volverás a sentir eso, ante alguien más. Tu cuerpo arde. Es una infección, dices. Cansancio. Necesitas vacaciones. Pero el malestar sigue ahí. Hizo nido.

Sabes que hoy no morirás. Eso sabes. Café cargado al despertar, pan tostado, mantequilla. Organizas el día: llamadas, correos electrónicos, revisión de papeles. Leerás 250 páginas por día el resto de la semana. Tu esposa llegará tarde, como cada noche, te dirá cómo le fue, leerán un poco más y se irán a dormir pensando el uno en el otro. Extrañas a las amantes, ir a sus casas o hacer citas en un hotel. Verlas sólo para coger, sin dramas de ningún tipo. Los seductores se cansan después de un rato y eso fue lo que te pasó a ti. Morías por llevarlas a la cama y una vez que estabas en esos cuerpos, que tocabas el rostro, que metías la lengua en esas gargantas, te aburrías para siempre. Pensaste que esa sed pasó. Que el deseo, una vez que uno crece, se convierte en otra cosa. Un apacible hombre encariñado, dispuesto a creer en la monogamia y en la vejez. Un chocolate a media tarde hace el milagro de subir el azúcar, debe ser así la sensación: bajón y subida de presión. No eres un hombre mayor, pero a tu edad el deseo sufre transformaciones. Por lo general disminuye porque hay que concentrarse en la carrera, en el dinero, en lo que no se tiene; pero si sigue ahí es una bestia, y, como tal, quiere vivir, fuera de la oscuridad de tu interior, muere por salir a la superficie y coger a toda mujer que mira. Los senos, los culos, los ojos grandes que invitan, las manos, todas son un cuadro, una música, y las quieres poner en fila para cogerlas de golpe. Tu poder en ellas. Cada coño es un mundo nuevo, Américas, las Indias, coños aborígenes, dulces coños que sólo esperan que llegues, tú, el conquistador, el que sólo con mover un dedo o decir una palabra las tiene ahí: dispuestas, abiertas, rendidas.

Bueno, eso piensas mientras llegas a la oficina. Hará calor hoy. No lloverá. En la cantina cuando tus amigos hablen de libros y de autores desconocidos o de esa película polaca que apenas vieron, tú mirarás a las chicas cercanas, jóvenes, coquetas, solas o acompañadas pero comparten ese mismo lugar que tú, se vistieron para ser vistas y entonces las ves. Las mujeres hermosas logran todo, ¿te das cuenta? no es justo, porque la belleza intimida pero triunfa, y le gana al esfuerzo, el trabajo, la dedicación. La vida es injusta, concluyes, y aprecias de nuevo cómo se mueven los omóplatos de la chica de enfrente cuando se ríe. ¿Por qué reirá tanto? ¿Qué puede ser tan divertido? La gota de sudor resbala por la frente y podrías levantarte y dejar a tus amigos un instante y lamer esa gota y volver a tu asiento ya más relajado: metiste en el cuerpo el agua de otra persona: ella está en ti y tu saliva está en ella. No, no morirás porque hay demasiado que ver, aún si no tocas otro cuerpo en tu vida, aún si sólo tocaras uno solo, besaras la piel de uno solo, entraras en él y salieras de él convencido, el querido, el elegido, no morirás porque desear es estar vivo. Si te rindes pierdes.

El deseo nos hace animales, humanos, bestias, mamíferos, roedores, ballenas, reptiles. No vamos a perpetuar la especie. Dale con eso. No. Es algo más: voluntad de entrar en alguien y que entren en nosotros: ver por dentro a la persona, habitarla como una casa, habitarla con fuerza, haciendo que se muera un poco, porque en el sexo se muere un poco y todos tenemos cara de muertos, de ausentes, de idos para siempre. El deseo nos hace asesinos por instantes. Y ese poder absoluto, rige el instante en que dejamos de pensar en nosotros. Estamos en el otro cuerpo y la sensación es abrumadora, casi, casi, como encontrar la literatura, el arte verdadero, los besos que entran, el lenguaje del silencio.

EL CIELO ES UNA FOTOGRAFÍA DE AZUL

Timagee contaré un secreto que no importa. No era medianoche. No llovía. Ningún ruido en la calle alteraba el tiempo. No había nadie conmigo. Una vez terminé la lectura —no lo he dicho: leía—, cerré el libro, lo dejé sobre la mesa frente a mí, me quité el sombrero imaginario, me puse de pie solemnemente y comencé a aplaudir en silencio. No era para menos. Ese libro elegido al azar era una literatura. En ese libro estaba el mundo —y el mundo del libro, de ese libro, se había detenido en la última línea—. Lo infrecuente. Podría haber escrito una reseña común —lo intenté días más tarde, de hecho: preví enumerar sus temas (que eran todos), elogiar su estrategia (una insolente amalgama de génesis y apocalipsis), referir el barroquismo, los terrores de infancia que aún me aguardan y el libro evoca, mi miedo a la muerte, sobre todo eso—. No pude. Podría haber telefoneado a alguien a mano para contarle. No lo hice. Permanecí en silencio, mirando el libro y su cubierta. Supongo que ese texto era una revelación y un desafío. El secreto que no importa es que pensé en mi vana pretensión, mis libros elusivos para nadie y sus risibles ganas de ser literatura. La revelación fue, de nuevo, la facultad latente de recrearlo todo desde la oscura covacha donde me siento a escribir cada vez menos, invadido de un peso ingobernable, la masa de una escritura que se desdibuja. Y, como aquí se ve, todo es retórica y autoescarnio —¿te das cuenta?—, ganas de no escribir sino un libro, porque al fin y al cabo todo se reducía a eso, pero no cualquiera, un libro así donde cabe el mundo y su magia, su misterio y su espanto semejante al amor. Pues si algún día quise vivir y al tiempo dejarlo todo en estas líneas, ¿quién era yo para ir en contra de mis pretensiones absurdas e insostenibles? ¿Quién para rebelarme en contra de mi cándido motivo y mi conmovedora ambición? Las preguntas me sobrevolaban. Y una vieja imagen apareció en mi cabeza, el recuerdo de un anuncio enorme al final de una curva, en una carretera continente arriba, bajo un fondo que parecía una fotografía de azul: “EL DIABLO EXISTE”, decía. Si el diablo existe se hallaba en el libro que todo erigía con nombrarlo, me dije de inmediato; y enseguida, me sobrepuse: ya no quiero escribir que escribo que escribía. Y aunque suene de un mal gusto insostenible, cerré estas líneas que ya estaban escritas no acá sino en ese libro del que hablo y nos contiene, estas líneas que no han dicho nada y ante las que me quito el sombrero imaginario, me pongo de pie y aplaudo en silencio para ti y para nosotros, todos aquellos que nos acompañan, humildes muchachos que ya no tendrán pero desean, aquellos que aún guardan, tal vez, un pequeño secreto, la puntilla de una literatura portentosa y un motivo imperecedero.

del porvenir

20140521-012007-4807499.jpgSi llamamos a esto de lo cotidiano presente y no sabemos qué es lo que vendrá, y sólo podemos estar aquí asomados al precipicio que es toda rutina te diré que no vimos bien la letra pequeña del contrato. Firmamos por necesidad, atrapados en algo fantástico como un remolino o tormenta de arena, una bestia que escapa del zoológico; algo que no puede contenerse: la inercia. Después de varios años  lo mecánico forma parte de tu cuerpo y ocupa —cual bolsa de aire— todo eso que podríamos atribuir a una vida interior: algo que palpita en ti, algo serio que a veces respira por cuenta propia, un bicho de insatisfacción pero que tú a cuentas de sumas y restas de ese mismo día aplacas con golpecitos en la sien y todo como antes. La mediocridad. Ay, si te gustara tanto el tema no habrías elegido un mejor lugar para mover tu cuerpo en el espacio, para sumergirlo en la profundidad del transporte naranja, de hacerlo moverse, alimentarse y cubrir del sol con el dorso de la mano. Afuera se está mejor que aquí. Obvio. Pero mira, afuera es la libertad, la libertad del espacio y del tiempo; adentro es el horario medido, las comidas a la hora, la sombra agazapada, el susto tímido de la presa que fuiste. Hoy es hoy. Obvio. Mañana será como hoy. Que es decir igual que ayer. Un hoy continuo, con interrupciones para ir al sanitario, alimentarte y descansar. Asearte. Vestirte con la misma ropa porque así como el hoy es uno solo, la ropa es toda igual. ¿Sabes qué es peor que ser mediocre? Ser consciente de ello. Un mediocre con conciencia. Todo es mediocre: el salario, la vida, el amor raquítico que nos dan sin venir a cuento, el rápido humor del sexo porque hay que descansar, dormir que es el único escape que resta. Allá adentro, el sueño, podría estar contenido de una Jauja impresionante, una ciudad de oro, con personajes dorados y de hermosas palabras como ojos hermosos: joyas.  Música, comida: patos dorados en las mesas, o gansos, o patés espesos de cerdos alimentados con bayas, frutas exóticas, postres. El sueño es otro lugar, más duro, más blando, más real que lo que haces todos los días, porque tu cotidiano se gastó: tela transparentosa deja ver la piel.  Digo yo, ahí, yo estaba, en un lugar al que no podré ir nunca (sabes, mal salario, no hay tiempo) en un lugar con agua, quizá era la India o Tailandia o el Amazonas. No sé qué alimentó ese sueño: estaba en una canoa visitando unas casas que flotaban: casas-islas. Una sensación de peligro, de que yo era héroe, que estaba por rescatar a alguien. No recuerdo más. La sensación al despertar de que había salido muy lejos de mí, que mi cuerpo era otro, la sensación de tener ese cuerpo, de hablar otro idioma, y ese yo era yo. Vivo como vivo gracias a que sé que vivo. De otro modo, daría igual. Te decía de la libertad: adentro/afuera. Oscuro/claro. Luz/noche. La libertad es un campo abierto, o un mar grande grande, gran acumulación de agua o cielo o verde de pasto: no hacer nada, no comer, no gritar, no pedirle a nadie migajas, no necesitar, no extrañar la vida que ya no fue. No mirar hacia atrás. ¿Qué te ata a donde estás?, ¿esa letra pequeña que no viste porque estabas tan contento de hacer algo con tu vida que corriste a encerrarte de una vez y para siempre? Acaso dormidos somos mejores sólo por no ser nosotros. El porvenir es el pronóstico del clima: muchas veces no tiene nada que ver con lo que sucede, es sólo un estimado. Mira al cielo, quizá hoy no haga frío ni llueva, ni se sienta igual que ayer, el día, la vida, el trabajo, el ansia, las ganas de salir, el hambre, la furia, el deseo, los amantes, el modo en que alguien chasquea los dientes, los mismos chistes ad infinitum, la misma sopa con la misma cantidad de papas/zanahorias/pedacitos de carne, las mismas canciones, los errores repetidos, las estadísticas de muerte en el país. Nada es para siempre, y sin embargo, sin embargo se le parece mucho ese ruido de días que mastican el suelo y cadenean. El cielo es una fotografía de azul.

 

LA LUZ DEL DÍA

imageY llega entonces el día en que el cielo se abre y en el aire una luz nueva funge como página en blanco. Por la mañana, al ras del camino se esparce la neblina y en ella imaginamos los visos de una historia secreta. A cada paso, entre el claroscuro de las calles, los signos se nos abalanzan, y en lo nimio, en lo verdaderamente minúsculo y desdeñable, encontramos la sugerencia que resuelve de una vez y para siempre uno de tantos procesos que, abstractos e inútiles, nos atraviesan. Así nos halla todo comienzo, ¿no es verdad? El tiempo perdido se reúne, nos celebra de nuevo como a un hijo pobre y desahuciado que vuelve a casa. Pero más allá de la luz y la página, entre líneas, bajo el color y la trama, el silbido sordo de la duda nos espera, las aguas tranquilas se agitan nuevamente, se regenera el lío, los árboles se mecen con fuerza, y parece que una breve felicidad soterrada, un antiguo fantasma, el arcabuz de la muerte segura nos cubriera con su clámide maternal. El oso cierra el hocico y estamos de nuevo en la habitación oscura, el confortable horror del negro sobre negro, el espanto tumultuoso de hallarnos con nosotros mismos. Y en la habitación clausurada en la que todo reconocemos apenas tocarlo, nuestra fealdad, nuestra simiesca actitud de ser vivo capaz de razonar —y razona tan poco— nos alivia, nos enternece hasta el llanto, pues al fin y al cabo el amor y el odio que nos profesamos a muerte nos tira y nos sostiene, equilibra nuestra pobre cabeza. Ciegos como siempre —lúcidos frente a nuestra elemental condición—, nos hacemos lugar en el ámbito conocido y familiar de la vieja caverna donde todo está previsto. Sabremos cabalmente cómo padecer, cómo volvernos ante el polvo, postrarnos al miedo, cómo lastimarnos con dulzura mediante el azote de la infancia o el padre, la madre siempre abajo, arriba, atrás, la amenaza del tiempo, la mediocridad de nuestras horas, la soledad cruda que nos aguarda como una vieja amante, horrible y única. Y nada será tan sencillo como volver al hocico del oso negro, cálido y predecible, para sentarnos a escribir o a cantar, dóciles y humildes, porque el hombre —pobre— siempre querrá tornar su contexto epopeya, épica sordina y ejemplar, la elegía que muestra a los mortales, la horda noble de monstruos sin memoria, las cuatro dimensiones de lo humano, nosotros, pobres hombres y mujeres, bestias amargas y perezosas, siempre perdidas a la luz del día en el sueño implacable e insulso del porvenir.

nuestro oscuro interior

20140521-012007-4807499.jpgJohn Kennedy Toole escribió dos novelas, hasta donde sabemos. Se suicidó antes de saber que los lectores pensaban lo que él pensaba de sí mismo: que era un hallazgo notable, su voz, su humor, su genio. Se quitó la vida a los 31 años. Le ganó el ansia, la desesperación de reconocimiento, o fueron otros factores los que intervinieron ahí: su oscuro interior. ¿De qué estamos hechos? No de escritura. La escritura se hace de palabras que son ideas que son luces en cavernas, un hermoso sistema de cables y conexiones a cuál más complejo o inexistente.  No de talento, el talento es una pared blanca: la miras, te seduces y te estrellas. Esa lentitud de que hablas, ese peso de cada objeto en la mente, esa cualidad que te hace hablar tan despacio y en voz baja, ese modo de andar, y la escritura que practicas, ese tiempo tan interno, sin prisas,  es de otro modo una metodología antigua. Lo impresionante es que la conserves pese a todo, contra reloj, contra todos los demás. No diré del salmón en el río y su esfuerzo porque sabemos que terminará en la boca del oso negro: hermoso cuento de hadas: te esfuerzas, nadas contra corriente pues tu información genética te dice que es lo que hay que hacer, lo que siempre se ha hecho y lo logras, y vas directo a ser alimento de alguien, sin pensarlo, sin hacer otros planes: el destino ha sido fijado. Por eso hacemos lo que hacemos, porque sabemos de antemano lo que ocurre. O diré yo, para no decir nosotros, debe ser engorroso ese plural molesto que incluye a quien, quizá, no quiere ser invitado a la reunión de yo+yo. Decía. Reviso libros de gente, corrijo libros de gente. Me desespero, claro. Me canso, por supuesto. Hay una lección aquí, concluyo. Debe haber una lección aquí: no es castigo, es lección, afirmo mirando el pedazo de cielo.  El trabajo después de los primeros libros gordos se hace mecánico: la cabeza no interviene, sólo los ojos, y dejas de leer: alivio. Ya no entras al contenido, lees, por fin, Alá sea alado, las erratas, el cuerpo físico de esa escritura. Esto puede llevar años de técnica: educar a los ojos a que se alejen de la mente y no lean, es decir, no comprendan, es decir, no piensen, que sólo vean y busquen: busquen errores.  Cuando lo logras entras en la mecánica simple: empacar los abarrotes en la tienda, coser chalecos del mismo lado que es el que te toca,  enlatar los trozos de pescado en una banda que avanza, lo que sea que implique un trabajo mecánico. Me gradúo de obrera. No pienso, hago. Me eduqué para pensar, irónico, ¿no? pero no sirve, pensar estorba aquí, en la banda productora de libros, uno tras otro, palabras de la clase de un profesor que se morirá pronto y habrá diez sujetos formados para pelear con dientes al cuello ese lugar vacante. No es sangriento, es normal: son salmones educados a esperar su turno de clan. No siempre gana el más fuerte. Sí el más astuto. Leí hace poco un cuento que comenzaba: ” Yo, que había leído a Proust, hablaba dos idiomas, estaba ahí, en una cama en un pasillo de hospital público, esperando que hubiera lugar para que me atendieran” , mi crueldad de risa me sorprendió. Yo era esa persona, por eso me reí. Ni Proust ni los idiomas te ayudan del destino: soy una persona común y corriente, nada me hace notable, no soy eterna, ni saludable. Señor Proust no ayuda a que tu salario suba o te den más vacaciones o te haga caso esa persona que deseas, el señor Proust escribió en cama cosas con mucho detalle, cosas de su memoria, y no vendrá desde su tumba a corregir, aconsejar,  todo lo que haces.  Iris Murdock, ella sabe de qué hablo, no por su obra tan conocedora del ánimo y el temperamento humano, sino porque al final de su vida la vivió en la oscuridad larga del Alzheimer, no saber dónde estás, no saber qué haces ahí, eso lo comprendo bien.  Ella estaba hecha de otros recuerdos perdidos en otro tiempo, pero el presente ya no era de ella. Dormía en otra parte de su infancia. Dormía con su marido y pensaba en su padre o su hermano. Eso debe ser el interior: un sistema ordenado de categorías sagradas: familia, pareja, empleo, amigos; una vez roto eso viene el desorden que es otra manera de pensar/olvidar, no ver lo que está enfrente. Ella dejó de leer contenidos y veía formas, formas que ya había olvidado y ahora regresaban intactas. En el interior hay una banda que gira con fotografías, algunas fotos están en blanco, algunas veces completo los cuadros de esa imagen hasta volverla comprensible. Otras la dejo pasar. También creo que vivo en el estómago de un oso, cuando él abre el hocico puedo ver la luz del día.

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